La noche del jaguar (Psy-Changeling #2)(3)

Written By: Nalini Singh



Levantó el hocico al captar el tenue olor que flotaba en la brisa. ?Olor del clan.? Al cabo de un segundo lo identificó: se trataba de Clay, uno de los otros centinelas. Acto seguido este desapareció, como si el leopardo macho se hubiera percatado de que Vaughn había reclamado ya ese territorio. Abrió las fauces para proferir un suave rugido y estiró su poderoso cuerpo felino. Sus mortíferos y afilados caninos centellearon a la luz de la luna, pero esa noche no había salido a cazar para capturar una presa, a matar de forma piadosa de un único y demoledor bocado.

Esa noche deseaba correr.

En carrera podía cubrir vastas distancias y, por lo general, prefería internarse en los bosques que se extendían sobre la mayor parte de California. Pero esa noche se había sorprendido poniendo rumbo hacia la poblada ciudad de Tahoe, junto al lago del mismo nombre. No era difícil caminar entre los humanos y los psi incluso en su forma felina. No era centinela solo para aparentar; podía infiltrarse hasta en las ciudadelas mejor protegidas sin revelar su presencia.

No obstante, esta vez no entró en la ciudad, pues algo en sus alrededores le atrajo de forma inesperada. Ubicado a tan solo unos pocos metros de la espesura del bosque, el peque?o recinto estaba protegido por vallas electrificadas y cámaras con sensores de movimiento, entre otras cosas. La casa que se alzaba dentro estaba oculta por varios muros de vegetación y seguramente por otra valla, pero él sabía que estaba ahí. Lo que le sorprendía era captar el hedor metálico de los psi en todo el recinto.

Interesante.

Los psi preferían vivir en plena ciudad rodeados de rascacielos, cada adulto en su propio cubículo. Pero había un psi en las entra?as de aquel recinto, y quienquiera que fuese esa persona, él o ella estaba siendo protegido por otros de su especie. Raras veces un psi que no fuera miembro del Consejo tenía derecho a semejante privilegio. Presa de la curiosidad, merodeó alrededor de todo el perímetro fuera del alcance de los dispositivos de vigilancia. Tardó menos de diez minutos en descubrir un modo de entrar; la arrogancia de los psi los había llevado una vez más a menospreciar a los animales con quienes compartían la Tierra.

O tal vez, pensó el hombre que moraba dentro de la bestia, los psi no comprendían las capacidades de otras razas. Para ellos, cambiantes y humanos no eran nada porque carecían de la habilidad de hacer las cosas que ellos podían hacer con la mente. Habían olvidado que era la mente la que movía el cuerpo, y los animales eran muy, pero que muy buenos utilizando sus cuerpos.

Trepó a la rama de un árbol que le conduciría por encima de la valla hasta el interior del recinto, con el corazón latiéndole por la anticipación. Pero incluso el jaguar sabía que no podía hacerlo. No tenía motivos para entrar allí y arriesgar el pellejo. El peligro no preocupaba ni a la bestia ni al hombre, pero la curiosidad del felino estaba reprimida por una emoción más profunda: la lealtad.

Vaughn era un centinela de los DarkRiver y ese deber primaba por encima de cualquier otra emoción, de cualquier otra necesidad. Se suponía que más tarde, esa misma noche, debía proteger a Sascha Duncan, la compa?era de su alfa, mientras Lucas asistía a una reunión en la guarida de los SnowDancer. Vaughn sabía que Sascha había aceptado quedarse a rega?adientes y solo porque era consciente de que Lucas podría viajar más veloz sin ella. Y Lucas había accedido a ir únicamente porque confiaba en que sus centinelas la mantendrían a salvo.

Tras echar una última y pausada ojeada al recinto vigilado, Vaughn retrocedió a lo largo de la rama, saltó al suelo y emprendió el camino de regreso a la guarida de Lucas. No iba a olvidarlo ni tampoco se había dado por vencido. Resolvería el misterio que entra?aba el que un psi estuviera viviendo tan cerca del territorio de los cambiantes. Nadie escapaba del jaguar una vez que este estaba sobre su rastro.

Faith miró por la ventana de la cocina y a pesar de que solo vio oscuridad, no pudo librarse de la sensación de que estaba siendo vigilada. Algo muy peligroso merodeaba al otro lado de las vallas que la mantenían aislada del mundo. Temblando, se rodeó con los brazos. Y se quedó paralizada. Era una psi, ?por qué reaccionaba de ese modo? ?Era por las oscuras visiones? ?Estaban afectando a sus escudos mentales? Dejó caer los brazos por pura fuerza de voluntad y se dispuso a apartarse de la ventana.

Y descubrió que no podía hacerlo.

En vez de eso, avanzó levantando una mano para apretarla sobre el cristal, como si quisiera tocar el exterior. ?El exterior.? Era un mundo que apenas conocía. Siempre había vivido entre cuatro paredes, había tenido que hacerlo así. En el exterior, la amenaza de desintegración psíquica era un continuo martilleo en su cabeza, un resonante eco que no podía bloquear. Fuera, las emociones se agolpaban contra ella procedentes de todas partes y veía cosas que eran inhumanas, atroces y dolorosas. Fuera era frágil. Era más seguro vivir entre muros.

Pero ahora esos muros se estaban resquebrajando. Ahora las cosas estaban entrando y no podía escapar de ellas. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que no podía escapar a aquel ser que merodeaba en los límites de su propiedad. El depredador que la acechaba no descansaría hasta que la tuviera en sus garras. Debería haber tenido miedo, pero era una psi… los psi no sentían miedo, y ella tampoco. Salvo cuando dormía. Era entonces cuando la asaltaba tal avalancha de sentimientos que le preocupaba que sus escudos en la PsiNet se agrietaran dejándola al descubierto ante el Consejo. La situación había llegado a un punto en el que no deseaba quedarse dormida. ?Y si moría de nuevo y esta vez era real?